Blackjack

Entramos al casino como si ya supiéramos el final de la historia, como si la suerte nos estuviera esperando sentada en la mesa.

Ella iba tranquila, con esa seguridad de quien ya conoce el riesgo. Yo no tanto. En su bolso llevaba el millón de pesos, y en su mirada, algo más peligroso: confianza. Me dijo «relájate, hoy ganamos», y no sé por qué le creí sin cuestionarlo.

Nos sentamos en la mesa de blackjack. Las luces, el ruido, las fichas chocando… todo parecía latir más rápido. El crupier reparte. Primera mano: ganamos. Segunda: también. Nos miramos y sonreímos, como si hubiéramos descubierto un truco que nadie más entendía.

Las fichas empezaron a acumularse. 100 lucas arriba… 200… 300… hasta que pasamos las 500 mil. Ya no era solo plata, era adrenalina pura. Sentía el corazón en la garganta, las manos un poco sudadas, pero no quería parar. Ella tampoco.

— «Sigamos» — dijo.

Y eso fue todo.

Dejamos de jugar con cabeza. Ya no importaban las probabilidades ni las cartas, solo esa sensación de estar ganando, de poder más. Apostábamos más alto, más rápido. Cada carta que salía era como un golpe en el pecho.

Una mano mala. Perdimos fuerte.

— «La recuperamos» — dijo.

Otra mano. Perdimos de nuevo.

Ahí era donde teníamos que habernos levantado. Lo sabíamos. Se notaba en el silencio incómodo entre nosotros. Pero quedarse era más fácil que aceptar que la racha había terminado.

Apostamos lo ganado.

El crupier reparte. Todo se vuelve lento. Miro mis cartas. No son malas… pero tampoco buenas. Ella se la juega. Yo la sigo. Como si fuéramos uno solo contra la mesa.

Carta del crupier.

Y se acabó.

Todo.

Las fichas desaparecieron como si nunca hubieran estado ahí. El millón, las ganancias, la emoción… todo reducido a nada en una sola mano.

Nos quedamos mirando la mesa unos segundos. Nadie dijo nada. El ruido del casino volvió de golpe, como si recién despertáramos.

Salimos sin hablar mucho. Afuera el aire estaba frío, distinto. Más real.

Fue intenso, sí. Demasiado.

Porque no dolió perder el dinero… dolió lo cerca que estuvimos de irnos ganando y no hacerlo.

Publicado por Ramón Morales

Noches largas. Mentes rotas. http://illicit.science.blog

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar