Al principio no parecía gran cosa.
Ella decía que era «piola», que no hacía daño, que además le iba bien vendiendo. Tenía clientes fijos, plata constante, independencia. Yo la veía moverse segura, como si tuviera todo bajo control. Y yo… solo estaba ahí, acompañando.
La primera vez que fumé con ella fue en su pieza, con la ventana entreabierta. El humo se quedaba flotando igual. Me reí, me relajé, todo se sentía más lento, más liviano. Pensé: ¿esto es todo? No entendía cuál era el problema.
Después empezó a repetirse.
Un día sí, otro también. “Para relajarse”, “para dormir mejor”, “para pasar el rato”. Siempre había una razón. Y siempre sonaba lógica.
Pero sin darme cuenta, empecé a cambiar.
Me costaba concentrarme. Cosas simples, como estudiar o seguir una conversación larga, se volvían pesadas. Se me olvidaban detalles. Llegaba a mi casa y no tenía ganas de nada. Solo quería ese momento de desconectarme otra vez.
Ella ya no fumaba solo por gusto. Lo necesitaba.
Si no tenía, se ponía inquieta. Le cambiaba la cara. Y ahí entendí algo: ya no era opcional.
Una noche, la acompañé a hacer una entrega. Algo chico, según ella. Pero todo se sentía raro. Miraba para todos lados, hablaba rápido, como si alguien la estuviera siguiendo aunque no hubiera nadie. Yo trataba de mantener la calma, pero tenía esa presión en el pecho que no se va.
–«Tranqui, es normal»– me dijo.
Pero no se sentía normal.
Volvimos y fumamos. Otra vez. Como si eso fuera a borrar lo que acabábamos de hacer.
Y en cierto punto… dejó de funcionar.
Ya no me relajaba. Me dejaba pegado, incómodo. Pensando de más. Me daba vueltas la cabeza con cosas que antes no me importaban. Sentía que perdía tiempo, que me estaba quedando atrás, pero aun así repetía lo mismo al día siguiente.
Una especie de piloto automático.
Ella empezó a tener problemas. Plata que se iba rápido, gente que le debía, otros que presionaban. Ya no era ese negocio “tranquilo”. Había tensión. Había riesgo.
Y aun así… seguía.
Una noche la vi distinta. Estábamos sentados, fumando como siempre, pero ella no hablaba. Miraba fijo la nada. Le pregunté si estaba bien.
–«Sí… solo que ya no me hace sentir como antes»– dijo.
Ahí hubo un silencio largo.
Porque eso también me estaba pasando.
No era lo mismo, pero no podíamos parar.
Y eso fue lo que más me pegó.
No era una caída brusca, ni una historia extrema. Era peor. Era lento. Silencioso. Como ir apagándote sin darte cuenta.
Perder energía, claridad, motivación… de a poco. Sin drama. Sin escándalo.
Hasta que un día te miras y no te reconoces del todo.
Y lo más incómodo es darte cuenta de que no fue un error puntual.
Fue una suma de decisiones pequeñas… que parecían inofensivas.