1 de la mañana y Tony solo sentía hambre y sed. La guata le rugía como si no hubiera comido en días. Pensó en ir a los bares a buscar algo.
Afuera encontró cerveza en la basura. También limones, muchos limones, algunos todavía con jugo. Hasta que dio con una bolsa llena de pan. Estaba blando, pero en ese momento era una delicia.
Tony le perdió el asco a la basura. Ahí empezó a sentir algo parecido a libertad. Le gustaba leer y escribir; a veces se sentía como Diógenes, un vagabundo letrado.
Con la guata llena y la mañana acercándose, fue donde unos traficantes conocidos a comprar coca.
Probó la bolsa.
—Esta weá es tiza… me cagaron.
Fue a reclamar. Le pusieron una pistola en la cabeza. También un bate. Un mazo.
No era la primera vez. Igual sintió el frío en la sien, ese escalofrío que le recorría la espalda.
Insistió.
Hasta que llegó el dueño de la casa y ordenó que le devolvieran la plata.
Con el dinero en la mano, Tony siguió buscando. En el camino recogía colillas de marihuana.
Recordó a un conocido que vendía pasta base. Lo encontró.
—Mil pesos por el dato.
Pagó.
Esta vez sí consiguió la coca.
Para pasar la mañana.
Después, la misma plaza.