Estaba Jesús saliendo del psiquiatra, donde se encuentra a su único amigo.
Jesús tenía ansiedad social y además de las pastillas que le recetaba el médico fumaba marihuana ocasionalmente.
— Jesús aún usas las pastillas que te recetan — le dice el amigo.
— Si como siempre… pero no mejoro.
— es porque esas pastillas no te ayudan, solo te adormecen.
— también fumo marihuana. me gusta.
— tengo algo mejor. Hongos alucinógenos.
— ¡Pero son muy fuertes! — responde Jesús con sorpresa.
— No hermano es una planta mágica, solamente debes entregarte, te ayudará.
jesus lo duda un momento y responde algo inseguro.
— esta bien. Pero solo un poco.
— bacán, vamos a esa plaza al costado del hospital.
— ya, vamos.
Van a la plaza donde las luces del hospital apenas alumbran las bancas.
— ok, aquí estamos. Toma 3 gramos. Disfruta el viaje.
Pasa 1 hora y Jesús aún no siente nada.
— estás seguro que estaban buenos los hongos aún no siento nada.
— le dice Jesús mirándolo a los ojos, mientras ve como la cara de su amigo se agranda y su sonrisa es enorme con dientes tan blancos que no parecen reales.
El amigo sigue hablando sobre el poder curativo de los hongos pero Jesús solo piensa en las personas que están al rededor, cómo suenan sus pisadas y sus conversaciones. De pronto empieza a oír risas y piensa que se ríen de él comienza a ver cómo todos lo observan y hablan de él, no puede soportarlo y huye a su casa donde se siente a salvo.
Corre mucho y al llegar a su casa cierra la puerta de golpe. El ruido retumbó en sus oídos y resonó en el vacío y poco iluminado de su casa, cerro con doble llave movio el Cerrojo para asegurarse.
Después inseguro de que bastará con los cerrojos, atranco una silla contra la puerta a modo de anticuado refuerzo.
Le costo refrenarse para no colocar cajas y todo lo que tuviera a mano.
El sudor le corría por la frente tenía la camisa azul que llevaba empapada de sudor. Se sentó pero no podía calmar su respiración, comenzó a agitarse más aún. Su doctor habría sabido que era pero él no lo identificaba. Paranoia