Una cena con Sherlock Holmes

Era un detective brillante y también un consumidor habitual de cocaína. En la Inglaterra victoriana no era una sustancia prohibida, al contrario, muchos médicos la consideraban útil para tratar distintos males. Sin embargo, ya existían advertencias sobre su potencial de abuso.

Mientras cenábamos, observé sus manos. Eran firmes, precisas, las mismas que habían descubierto asesinos donde la policía solo veía accidentes.

—¿Nunca pensó en dejar la cocaína? —pregunté.

Holmes dejó la copa sobre la mesa.

—Mi querido amigo, la mente necesita un desafío constante. Cuando no lo encuentra, busca cualquier cosa que rompa el silencio.

No respondió como un adicto intentando justificarse. Respondió como un hombre que conocía demasiado bien sus propias debilidades.

Me pareció irónico. El detective capaz de resolver los enigmas más complejos no podía resolver el que llevaba dentro. Quizá porque algunos casos no se resuelven con lógica, sino con una batalla diaria contra uno mismo.

Al despedirnos, Holmes acomodó su abrigo y sonrió.

—Todos tenemos un misterio sin resolver. El mío siempre vuelve a tocar la puerta.

Publicado por Ramón Morales

Noches largas. Mentes rotas. http://illicit.science.blog

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