Era un detective brillante y también un consumidor habitual de cocaína. En la Inglaterra victoriana no era una sustancia prohibida, al contrario, muchos médicos la consideraban útil para tratar distintos males. Sin embargo, ya existían advertencias sobre su potencial de abuso. Mientras cenábamos, observé sus manos. Eran firmes, precisas, las mismas que habían descubierto asesinosSigue leyendo «Una cena con Sherlock Holmes»