Dicen que la vida está llena de decisiones.
Elegir una carrera. Elegir una pareja. Elegir un trabajo estable. Elegir comer sano, dormir ocho horas y ahorrar para la jubilación.
Yo elegí otra cosa.
Elegí despertarme preguntando cuánto dinero me quedaba antes de preguntarme qué día era. Elegí conocer todos los cajeros automáticos de la ciudad y ninguno de los parques. Elegí caminar kilómetros para conseguir una bolsa, pero que me diera pereza cruzar la calle para comprar pan.
La cocaína no llegó con música épica ni con una voz diabólica susurrándome al oído. Llegó como llegan casi todas las malas decisiones: pareciendo una buena idea.
Una raya para conversar más. Otra para seguir despierto. Otra porque sí. Otra porque ya daba lo mismo.
Después descubrí que la droga no te roba la vida de golpe. Te la va cobrando en cuotas.
Primero desaparecen los fines de semana.
Luego los amigos que no consumen.
Después la familia deja de creer en tus promesas.
Y un día te das cuenta de que llevas meses sobreviviendo en lugar de vivir.
Lo peor es que el cerebro aprende a negociar contigo.
—Solo hoy.
—Solo un poco.
—Mañana empiezo de nuevo.
El cerebro es un excelente abogado cuando quiere defender lo indefendible.
Hasta que un día te miras al espejo.
No ves a un monstruo.
Ves a alguien cansado.
Y a veces eso duele más.
Porque los monstruos dan miedo.
Las personas cansadas todavía recuerdan quiénes eran antes.