Fui a comprar cocaína. Un trámite rápido, pensé. Diez minutos, media hora como mucho. La droga todavía no llegaba, así que me invitaron una cerveza. Después otra. Después un par de líneas para que la espera no se sintiera tan larga.
La cocaína tiene una habilidad impresionante: logra convencerte de que esperar es una actividad productiva.
Cuando por fin apareció el proveedor, yo ya estaba convencido de que podía dirigir el Banco Central o pelear con un oso. Pero no. Había que pesar la mercancía, sacar cuentas, discutir quién había pagado qué y quién le debía plata a quién. El narcotráfico también tiene burocracia.
Entonces apareció ella.Una escort.
Bonita. Demasiado bonita para estar hablándome a mí.
—¿Vamos?
Claro que vamos. ¿Qué otra cosa importante tenía que hacer? ¿Comprar cocaína? Eso podía esperar.
—Necesito cinco lucas para arrendar una pieza.
Cinco lucas.Hay personas que empiezan guerras por petróleo. Yo estaba a punto de empezar una por cinco mil pesos.
Entré donde estaban los traficantes.Uno gritaba.
Otro tenía una pistola en la mano.Un tercero amenazaba con irse con toda la mercancía.
Y yo, completamente convencido de que mi problema era igual de urgente, interrumpí.
—Cabros… ¿me prestan cinco lucas?
Silencio.
El tipo de la pistola me miró como si estuviera intentando decidir si yo era un imbécil o una nueva especie de imbécil.
Les volví a preguntar.
Me respondieron con otra línea de cocaína.
—Toma… relájate.
No quería relajarme.
Quería mis cinco lucas.
Es increíble cómo la cocaína reorganiza las prioridades. Había tres delincuentes armados resolviendo un negocio que podía terminar con alguien muerto, y mi cerebro seguía repitiendo la misma idea, como un disco rayado: «Las cinco lucas. Las cinco lucas.Las cinco lucas.»
Al final terminaron su discusión.
Me entregaron la droga.
Yo salí orgulloso, convencido de que todavía tenía una cita pendiente.
La escort ya no estaba.
Esperé diez minutos.
Después veinte.
Después una hora.
Se hizo de noche.
Nunca volvió.
Mientras caminaba de regreso entendí algo.
No había pasado la tarde comprando cocaína.
Había pasado seis horas convirtiendo cinco mil pesos en el proyecto más importante de mi existencia.
Y todavía me preguntaba por qué mi vida era un desastre.