Jesus

Estaba Jesús saliendo del psiquiatra, donde se encuentra a su único amigo. 

Jesús tenía ansiedad social y además de las pastillas que le recetaba el médico fumaba marihuana ocasionalmente.

— Jesús aún usas las pastillas que te recetan — le dice el amigo.

— Si como siempre… pero no mejoro.

— es porque esas pastillas no te ayudan, solo te adormecen.

— también fumo marihuana. me gusta.

— tengo algo mejor. Hongos alucinógenos.

— ¡Pero son muy fuertes! — responde Jesús con sorpresa.

— No hermano es una planta mágica, solamente debes entregarte, te ayudará.

jesus lo duda un momento y responde algo inseguro.

— esta bien. Pero solo un poco.

— bacán, vamos a esa plaza al costado del hospital.

— ya, vamos.

Van a la plaza donde las luces del hospital apenas alumbran las bancas.

— ok, aquí estamos. Toma 3 gramos. Disfruta el viaje.

Pasa 1 hora y Jesús aún no siente nada.

— estás seguro que estaban buenos los hongos aún no siento nada.

— le dice Jesús mirándolo a los ojos, mientras ve como la cara de su amigo se agranda y su sonrisa es enorme con dientes tan blancos que no parecen reales.

El amigo sigue hablando sobre el poder curativo de los hongos pero Jesús solo piensa en las personas que están al rededor, cómo suenan sus pisadas y sus conversaciones. De pronto empieza a oír risas y piensa que se ríen de él comienza a ver cómo todos lo observan y hablan de él, no puede soportarlo y huye a su casa donde se siente a salvo.

Corre mucho y al llegar a su casa cierra la puerta de golpe. El ruido retumbó en sus oídos y resonó en el vacío y poco iluminado de su casa, cerro con doble llave movio el Cerrojo para asegurarse.

Después inseguro de que bastará con los cerrojos, atranco una silla contra la puerta a modo de anticuado refuerzo.

Le costo refrenarse para no colocar cajas y todo lo que tuviera a mano.

El sudor le corría por la frente tenía la camisa azul que llevaba empapada de sudor. Se sentó pero no podía calmar su respiración, comenzó a agitarse más aún. Su doctor habría sabido que era pero él no lo identificaba. Paranoia 

Sigmund Freud

Muchos dicen que Sigmund Freud está sobrevalorado, pero olvidan que revolucionó la forma de entender la mente humana. Antes de él, hablar del inconsciente, los traumas o los conflictos internos era algo casi inexistente.

Aunque varias de sus teorías fueron cuestionadas con el tiempo, su importancia histórica sigue siendo enorme: abrió el camino para la psicología moderna y cambió para siempre la forma en que entendemos las emociones y la conducta humana. No hace falta que haya acertado en todo para reconocer que fue un pionero.

Sigmund Freud in Hampstead by ceridwen is licensed under CC-BY-SA 2.0

Amigos

suena el teléfono.
— alo


— alo, amigo, te quería preguntar, ¿me enseñas a andar en moto?


— Estoy con poca bencina


— Yo te lleno el tanque, te doy 1 gramo de weed y algo para comer


— ya! Voy para allá


Ya en la casa de su amiga.


— hola, cómo estás?


— bien y lista para aprender!


— es como andar en bici es muy fácil. Pero solo tengo 1 casco, hay que andar cerca


— ya!


El amigo le explica cómo pasar los cambios y a pasar el embrague; le pasa la moto


— con cuidado y no te vayas lejos– le dice la, él amigo.


La amiga comienza a andar un rato, y piensa que puede llevar a alguien más.


— súbete para que demos una vuelta — dice la amiga.


— Está bien, pero cerca.


— Una vuelta a la manzana. Tranqui.


Doblando por la esquina, se topan con policías motorizados y los detienen


— Sus documentos, porfavor– dice el policía.

El amigo le pasa sus documentos.


— están todos atrasados! — dice el policía — usted sabe que podría quitarle la moto por eso.


— oficial, disculpe solo le estaba enseñando a andar a mi amiga. Es nueva la acabo de comprar a segunda mano, ya la pondré al día, pero porfavor déjeme pasar esta vez!


— está bien pero déjenme revisarlos y se podrán ir.


El oficial los registra, primero revisa al amigo. Estaba limpio.


— señorita acérquese porfavor para revisarla.


El oficial le revisa el banano que llevaba, y encuentra mucha marihuana, demasiado para dejarlo pasar.


Llama a más patrullas y los llevan detenidos.


— porque no me dijiste que llevabas eso lo podríamos haber escondido bajo el asiento!


— perdón amigo, no pensé que tendríamos tanta mala suerte.


Llegan a la comisaría y les requisa la moto y la marihuana y la plata.


Pasan la noche en la comisaría pero los sueltan al otro día.


— ahora perdí mi moto! Por tu culpa!


— amigo te prometo que te ayudaré a recuperarla


— ojalá así sea! chao me voy, ya tengo hambre

Al día siguiente…


El amigo llama a la amiga, pero está no responde.


Marca a su amiga nuevamente.


— no contesta! Que voy a hacer! — piensa el amigo.


Le intenta hablar por WhatsApp pero, no le llegan los mensajes.


— mierda! Me cago ni sé donde vive!

Calle

1 de la mañana y Tony solo sentía hambre y sed. La guata le rugía como si no hubiera comido en días. Pensó en ir a los bares a buscar algo.


Afuera encontró cerveza en la basura. También limones, muchos limones, algunos todavía con jugo. Hasta que dio con una bolsa llena de pan. Estaba blando, pero en ese momento era una delicia.


Tony le perdió el asco a la basura. Ahí empezó a sentir algo parecido a libertad. Le gustaba leer y escribir; a veces se sentía como Diógenes, un vagabundo letrado.


Con la guata llena y la mañana acercándose, fue donde unos traficantes conocidos a comprar coca.


Probó la bolsa.


—Esta weá es tiza… me cagaron.


Fue a reclamar. Le pusieron una pistola en la cabeza. También un bate. Un mazo.


No era la primera vez. Igual sintió el frío en la sien, ese escalofrío que le recorría la espalda.
Insistió.


Hasta que llegó el dueño de la casa y ordenó que le devolvieran la plata.


Con el dinero en la mano, Tony siguió buscando. En el camino recogía colillas de marihuana.


Recordó a un conocido que vendía pasta base. Lo encontró.


—Mil pesos por el dato.


Pagó.


Esta vez sí consiguió la coca.


Para pasar la mañana.


Después, la misma plaza.

Elegir

Tony tenía la cabeza con muchas cosas, cada vez que estaba pensando en consumir cocaína se fumaba un cigarro.

Fumaba mucho, para él la libertad era no elegir consumir, pero sin darse cuenta se estaba amarrando con el tabaco, siempre pensaba «es solo tabaco para la ansiedad».

Sin darse cuenta estaba teniendo las conductas adictivas que él ya conocía pero no las veía.

— quiero dejar de pensar en cocaína — decía Tony con un cigarro en la mano.

Elegia fumar tabaco en vez de inhalar coca. Se sentía libre del consumo. Estaba feliz pero cambio una cosa por otra que él pensaba que era mejor.

Sacrificó sus pulmones para no perder la nariz.

Él creía que eso era libertad.

Hasta que en una caminata en la playa con un cigarro en la mano, le empezó a pesar el aire, le dolía el pecho, y se fatigo.

— No puedo con esto, necesito cambiar y encontrar libertad verdadera — pensó Tony con un cigarro en la mano

Trato de dejar el tabaco y sentía ansiedad, sudor en las manos y mucha ira e inquietud. Nada que él no haya conocido antes, sabía lo que era. Abstinencia.

Pero prefirió sentir y dejarlo pasar, porque él sabía que la verdadera libertad no era poder elegir lo que el quisiera, sino que era no elegir lo que lo amarraba aunque él lo quisiera.

No me hará daño

Después de pasar por un proceso de rehabilitación largo por cocaína, Tony creía que estaba a salvo, y para celebrarlo siempre en su caminata en la playa sacaba un tabaco.

Le encantaba sentir las olas y la brisa marina mezclándose con el humo del tabaco.

Luego se dio cuenta que fumar después de cada comida un tabaco era «rico» ya que le ayudaba a bajar la comida.

— gratificante — decía él después de cada tabaco.

Sin darse cuenta fumaba 4 cigarrillos al día.

— ¿Pero que es un poco de tabaco? no me hará daño — pensaba él

Cómo cada fin de semana, lo invitaron a jugar fútbol, era conocido por hacer muchos goles.

A los 15 minutos ya no podía más, a los 25 minutos se rindió, era demasiada la fatiga.

Se sentó en la banca a descansar.

Con el pecho apretado y la respiración pesada . Saco un cigarro… pero esta vez no lo encendió, solo lo miró

Illicit Science

Illicit Science nace de la experiencia, la curiosidad y la necesidad de entender.

No escribo desde la perfección.
Escribo desde el proceso.

No soy un profesional todavía.
Soy un entusiasta del mundo de los fármacos, de la ciencia detrás de las sustancias, de la química que altera la mente y del impacto que deja en la vida real.

Aquí no glorificamos el consumo.
No romantizamos la autodestrucción.
No ocultamos la realidad.

Hablamos de medicamentos, drogas y adicciones desde una perspectiva crítica, científica y humana. Porque detrás de cada sustancia hay mecanismos bioquímicos… pero detrás de cada consumo hay una historia.

Tabaco

El tabaco, puede consumir fumandolo, inhalandolo, y masticandolo.

Se considera un estimulante y produce una sensación momentánea de alivio de la ansiedad. Contiene un compuesto que lo hace adictivo, que es la nicotina.

La nicotina es un compuesto orgánico presente principalmente en las hojas del tabaco.

Y aunque se considera un relajante los efectos aparentes son en realidad, la supresión de los síntomas de abstinencia, ya que la nicotina es un estimulante no un relajante.

» No tengo hambre tengo ansiedad, ver tanta gente aquí reunida me dan ganas de fumar… » Allan Sutton

El tabaco produce un estado de alerta y además ayuda a bajar la ansiedad. Pero tiene unos 7.000 compuestos y 70 de ellos producen cáncer, mal aliento, pérdida de dientes, etc.

Si ponemos en una balanza lo bueno y lo malo que produce el tabaco la balanza se inclina mucho más por lo malo.


Quiero fumar un tabaco, no hay nada mejor después de comer… — dijo el Tony —

Marihuana

Al principio no parecía gran cosa.

Ella decía que era «piola», que no hacía daño, que además le iba bien vendiendo. Tenía clientes fijos, plata constante, independencia. Yo la veía moverse segura, como si tuviera todo bajo control. Y yo… solo estaba ahí, acompañando.

La primera vez que fumé con ella fue en su pieza, con la ventana entreabierta. El humo se quedaba flotando igual. Me reí, me relajé, todo se sentía más lento, más liviano. Pensé: ¿esto es todo? No entendía cuál era el problema.

Después empezó a repetirse.

Un día sí, otro también. “Para relajarse”, “para dormir mejor”, “para pasar el rato”. Siempre había una razón. Y siempre sonaba lógica.

Pero sin darme cuenta, empecé a cambiar.

Me costaba concentrarme. Cosas simples, como estudiar o seguir una conversación larga, se volvían pesadas. Se me olvidaban detalles. Llegaba a mi casa y no tenía ganas de nada. Solo quería ese momento de desconectarme otra vez.

Ella ya no fumaba solo por gusto. Lo necesitaba.

Si no tenía, se ponía inquieta. Le cambiaba la cara. Y ahí entendí algo: ya no era opcional.

Una noche, la acompañé a hacer una entrega. Algo chico, según ella. Pero todo se sentía raro. Miraba para todos lados, hablaba rápido, como si alguien la estuviera siguiendo aunque no hubiera nadie. Yo trataba de mantener la calma, pero tenía esa presión en el pecho que no se va.

–«Tranqui, es normal»– me dijo.

Pero no se sentía normal.

Volvimos y fumamos. Otra vez. Como si eso fuera a borrar lo que acabábamos de hacer.

Y en cierto punto… dejó de funcionar.

Ya no me relajaba. Me dejaba pegado, incómodo. Pensando de más. Me daba vueltas la cabeza con cosas que antes no me importaban. Sentía que perdía tiempo, que me estaba quedando atrás, pero aun así repetía lo mismo al día siguiente.

Una especie de piloto automático.

Ella empezó a tener problemas. Plata que se iba rápido, gente que le debía, otros que presionaban. Ya no era ese negocio “tranquilo”. Había tensión. Había riesgo.

Y aun así… seguía.

Una noche la vi distinta. Estábamos sentados, fumando como siempre, pero ella no hablaba. Miraba fijo la nada. Le pregunté si estaba bien.

–«Sí… solo que ya no me hace sentir como antes»– dijo.

Ahí hubo un silencio largo.

Porque eso también me estaba pasando.

No era lo mismo, pero no podíamos parar.

Y eso fue lo que más me pegó.

No era una caída brusca, ni una historia extrema. Era peor. Era lento. Silencioso. Como ir apagándote sin darte cuenta.

Perder energía, claridad, motivación… de a poco. Sin drama. Sin escándalo.

Hasta que un día te miras y no te reconoces del todo.

Y lo más incómodo es darte cuenta de que no fue un error puntual.

Fue una suma de decisiones pequeñas… que parecían inofensivas.

Blackjack

Entramos al casino como si ya supiéramos el final de la historia, como si la suerte nos estuviera esperando sentada en la mesa.

Ella iba tranquila, con esa seguridad de quien ya conoce el riesgo. Yo no tanto. En su bolso llevaba el millón de pesos, y en su mirada, algo más peligroso: confianza. Me dijo «relájate, hoy ganamos», y no sé por qué le creí sin cuestionarlo.

Nos sentamos en la mesa de blackjack. Las luces, el ruido, las fichas chocando… todo parecía latir más rápido. El crupier reparte. Primera mano: ganamos. Segunda: también. Nos miramos y sonreímos, como si hubiéramos descubierto un truco que nadie más entendía.

Las fichas empezaron a acumularse. 100 lucas arriba… 200… 300… hasta que pasamos las 500 mil. Ya no era solo plata, era adrenalina pura. Sentía el corazón en la garganta, las manos un poco sudadas, pero no quería parar. Ella tampoco.

— «Sigamos» — dijo.

Y eso fue todo.

Dejamos de jugar con cabeza. Ya no importaban las probabilidades ni las cartas, solo esa sensación de estar ganando, de poder más. Apostábamos más alto, más rápido. Cada carta que salía era como un golpe en el pecho.

Una mano mala. Perdimos fuerte.

— «La recuperamos» — dijo.

Otra mano. Perdimos de nuevo.

Ahí era donde teníamos que habernos levantado. Lo sabíamos. Se notaba en el silencio incómodo entre nosotros. Pero quedarse era más fácil que aceptar que la racha había terminado.

Apostamos lo ganado.

El crupier reparte. Todo se vuelve lento. Miro mis cartas. No son malas… pero tampoco buenas. Ella se la juega. Yo la sigo. Como si fuéramos uno solo contra la mesa.

Carta del crupier.

Y se acabó.

Todo.

Las fichas desaparecieron como si nunca hubieran estado ahí. El millón, las ganancias, la emoción… todo reducido a nada en una sola mano.

Nos quedamos mirando la mesa unos segundos. Nadie dijo nada. El ruido del casino volvió de golpe, como si recién despertáramos.

Salimos sin hablar mucho. Afuera el aire estaba frío, distinto. Más real.

Fue intenso, sí. Demasiado.

Porque no dolió perder el dinero… dolió lo cerca que estuvimos de irnos ganando y no hacerlo

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